
Aquel 26 de julio de 1952 el cielo lloraba copiosamente. Se había ido la Abanderada de los Humildes.
En ese instante no nos dimos cuenta. Evita no había muerto, sino que daba los primeros pasos a la inmortalidad.
Vivió apenas 33 años y a 57 de su paso a la inmortalidad los que la conocimos la recordamos con veneración, y los que no, la asumen como bandera de liberación.
Evita pueblo, la fanáticamente peronista, la mejor discípula del General, la dama de la esperanza, la santa Evita…
El desafío está dado. O tomamos la bandera y la llevamos a la victoria, o habremos cometido el crimen más atroz de haber asesinado a una inmortal.
Pueblo argentino: ¡despertemos!
Pueblo peronista: ¡actuemos!
Su figura se agiganta ante la brecha que existe entre los poderosos y los humildes, entre los que compran voluntades y los que militan por una causa.
Allí está ella, cargando la pesada cruz a los 33 años, igual que Jesús, en su propio calvario.
Despertemos. Los que la conocimos podemos comparar. Los que no la tuvieron, por reflejo de sus padres o abuelos.
Allí está ella, la compañera. Y aquí nosotros, sin entender que debemos recomponer lo destruido, para no molestarla en el sitial de la inmortalidad, porque junto al eterno padre de la Patria peronista, nos están mirando, y al unísono dicen; ¡perdónalos, no saben lo que hacen!
Reaccionemos antes que sea tarde.
Cuando la mendicidad, el hambre, la falta de trabajo se reinstalan, le estamos faltando el respeto a los próceres. Pero si no es por ellos, que sea por nosotros. Y si no es por nosotros, que sea por nuestros hijos o los hijos de nuestros hijos.
¡Argentina, despiértate y camina!
MIGUEL ANGEL DE RENZIS